Kant no ofrece un relato general de la ociosidad, pero allá donde esta aparece en sus escritos, el autor suele intentar demostrar algo importante y positivo de lo que los seres humanos deberían tratar de ser. Aunque enfatiza los enormes esfuerzos que se requieren para producir un estado superior de virtud humana positiva- no solo la evitación del vicio-, está del todo en desacuerdo con un punto de vista igual que influyente: que el trabajo en sí es la fuente de la virtud. Algunos de los coetáneos de Kant- escritores de la Ilustración escocesa- eran de la opinión de que el homo sapiens es también, en esencia, un homo laborans. Como tal, el trabajo no es solo una necesidad práctica, un molesto pero inevitable medio de supervivencia; es la realización adecuada de una esencia interior de los seres humanos.[…] El tipo de trabajo apropiado debería ser más verdaderamente deseable que la ociosidad, porque esa tarea, por encima de cualquier otra actividad, podría realizar al trabajador. Kant también cree que el trabajo es algo bueno, aunque no porque esté interesado de manera general en la concepción económica de los seres humanos. De forma oficial, no lo está. El pensamiento que moldea su perspectiva de la ociosidad es, más bien, que es un modo de vida indigno para unos seres como nosotros. Lo que nos hace meritorios implica tanto autodesarrollo como desarrollo del mundo social por nuestra parte. Estas tareas requieren un cierto tipo de esfuerzo. Puede que ese esfuerzo no siempre nos guste, pero no hay base racional que nos proporcione motivos para evitarlo. Una vida de comodidad solo es posible cuando decidimos no tomar parte activa en influir el mundo que nos rodea. En ese desafortunado caso, no obstante, dejamos el mundo tal como lo encontramos, igual que hacen los niños sobreprotegidos. Nuestra naturaleza racional significa que no deberíamos huir del reto de la autorrealización, de tomar total posesión de nuestro yo como seres morales racionales (no, por tanto, como seres puramente económicos).

 

Lo que propone Kant es una afirmación conscientemente histórica. Sabe que es apropiada para la época en la que le ha tocado vivir, no una tesis abstracta sobre los seres humanos en todos los tiempos y bajo cualquier circunstancia. La posibilidad de la Ilustración había aparecido en el horizonte para permitir que los seres humanos, al fin, se realizaran de manera individual como seres autónomos y, de forma colectiva, como comunidad racional. La ociosidad, a esta luz, es una negación de la Ilustración. Equivale a una negativa de enfrentar el desafío de asumir la responsabilidad por uno mismo y por las instituciones del Estado. Habría que nombrar y desacreditar esta resistencia si quería mantenerse el progreso. Esa misión se entreteje a lo largo de tres obras acerca de la posibilidad de un mundo ilustrado: “Respuesta a la pregunta: ¿qué es la Ilustración?” (1784), “Ideas para una historia universal en clave cosmopolita” (1784) y “Fundamentación de la metafísica de las costumbres” (1785).

Ociosidad versus madurez

Kant  inicia el ensayo sobre la ilustración con la provocación de que la marca distintiva de la ilustración es el valor de pensar por uno mismo. Que pensar por uno mismo se haya convertido, en ese momento de la historia, en una posibilidad general para todos los seres humanos significa, al fin, que la especie ha alcanzado el umbral de la madurez. Kant señala que no vivimos del todo “en una época ilustrada […] pero sí en una época de ilustración”. Todavía hay muchos que deben demostrar la voluntad de desarrollar su capacidad de pensar de manera independiente. Los individuos con esa capacidad actuarán solo de acuerdo con principios que puedan reconocer como una ley racional. Una ley racional nunca se basa en el sentimiento, el gusto, el interés personal o la autoridad externa. Los dogmas y las normas tradicionales no pueden tener poder sobre seres que han aprendido a gobernarse por medio de la razón. Sin embargo, eso no significa necesariamente que parte del contenido de la tradición y la costumbre no pueda salvarse mediante el tipo de análisis correcto. No obstante, los ociosos y los débiles se interponen en el camino de la “época ilustrada”. Kant escribe: “La pereza y la cobardía son las causas de que la mayoría de los hombres, después de que la naturaleza los ha liberado desde tiempo atrás de conducción ajena […], permanecen con gusto como menores de edad a lo largo de su vida”. Los seres humanos deben verse liberados de las lecciones infantilizantes y de las advertencias de fracaso que oyen por parte de las voces dominantes. Según están las cosas, solo los individuos excepcionales han obtenido el poder de la autodeterminación genuina. En cualquier caso, una vez alertadas de las verdades modernas sobre el potencial humano, todas las personas tienen la obligación de contribuir a la liberación intelectual de la humanidad, es decir, a asegurar que el proyecto histórico de la ilustración se mantenga para los demás: “Un hombre puede, con respecto a su propia persona y por cierto tiempo, postergar la adquisición de una ilustración que está obligado a poseer; pero renunciar a ella con relación a la propia persona, y peor aún, con referencia a la posteridad, significa violar y pisotear los sagrados derechos de la humanidad”.

La noción de un proyecto histórico que se persigue arduamente se enmarca de una forma más amplia en el ensayo de Kant sobre la “Historia Universal”. En él, Kant investiga la posibilidad de que las acciones, en apariencia motivadas de una forma individual e interesada, de distintos seres humanos puedan, en última instancia, conformarse a una especie de plan para la humanidad del que los individuos no tienen noticia. El argumento se presenta mediante varias tesis, la primera y la segunda de las cuales sostienen que la racionalidad es una capacidad especial de los seres humanos, una capacidad que puede realizarse por completo a través de la especie como un todo, no por un solo individuo cualquiera. La escasa duración de la vida humana explica por qué la realización completa de la racionalidad humana por parte de los individuos está descartada. (Por lo tanto, Kant no está diciendo que la razón sea un logro intersubjetivo; es decir, un logro que se basa en procesos de mutualidad y reciprocidad común. Parece, más bien, que la razón crece, y ese crecimiento se transmite de una generación a otra). Kant piensa en la posibilidad de que la especie establezca una racionalidad del todo completa como en una forma objetiva de justificar el esfuerzo y el progreso continuos de la racionalidad humana. Crea un vínculo significativo entre ese esfuerzo y la realidad cotidiana de la racionalidad. Su idea es que no haríamos bien en vernos como seres racionales si la racionalidad no fuera capaz de, al final, realizarse a la perfección. Y en este caso “suprimiría todos los principios prácticos y haría sospechosa a la naturaleza- cuya sabiduría tiene que servir como principio en el enjuiciamiento de cualquier otra instancia- de estar practicando un juego pueril en lo que atañe al hombre”. Este es un pensamiento insoportable y, al parecer sobre esa base, se da por falso. Está implícito, entonces, que el progreso hacia la racionalidad completa es parte de la función de los actos individuales de racionalidad.

La realización gradual de la racionalidad por parte de la especie nos ve reemplazar despacio la “estructuración mecánica de su [del hombre] existencia animal” original a medida que desarrollamos talentos y destrezas mediante nuestra propia libertad. De esto se sigue, cree Kant, que en última instancia los seres humanos estamos poco satisfechos con cualquier arreglo del que no seamos responsables. Las comodidades paradisíacas no son para nosotros, por muy seductoras que le resulten a nuestra imaginación. Que podamos disfrutar de esta vida son haberla convertido en una vida que puede disfrutarse no forma parte de nuestra naturaleza fundamental. En realidad, aquí el énfasis se pone en el “convertir” más que en el “disfrutar”. El descanso ocioso no tiene ninguna importancia junto a ese objetivo. Además, nuestros esfuerzos por establecer un mundo en el que el placer triunfe al fin son un delirio: lo que gozamos a un nivel más profundo es tratar de crear ese mundo. Kant escribe: “Se diría que a la Naturaleza no le ha importado en absoluto que el hombre viva bien, sino que se vaya abriendo camino para hacerse digno, por medio de su comportamiento, de la vida y del bienestar”. La falta de mérito, parecería derivarse de esto, es una preferencia para las acciones que están desprovistas de cualquier consideración implícita de cómo debería uno “abrirse camino”.

Kant ve al ser humano como una criatura contradictoria, como una especie que prefiere la comodidad fácil, pero, al mismo tiempo, también está motivada por la naturaleza racional para “abandonar la laxitud y el ocioso conformismo, entregándose al trabajo y padeciendo las fatigas que sean precisas para encontrar con prudencia los medios de apartarse de tales penalidades”. Conocemos la preocupación de Kant de que la naturaleza estuviera “practicando un juego pueril” si nuestros actos racionales no fueran en última instancia una contribución al desarrollo de la racionalidad en la especie. Pero la opinión que expresa aquí seguramente convertiría el ansia de acción racional en otro tipo de tortura: abandonaríamos de manera continua la ociosidad para asignarnos cargas que buscáramos superar. Sin embargo, es precisamente este tormento el que acompaña el mito del mérito: la importancia del esfuerzo para independizarnos de la naturaleza o de las circunstancias establecidas, pese a las atracciones de la ociosidad y otros placeres.

La emergencia de la sociedad como un todo también está conectada con el logro del mérito individual. La comunidad organizada parece producirse como respuesta a la experiencia de la oposición entre seres humanos. Frente al antagonismo, lo mejor para el individuo, por la mera razón de sobrevivir, es “vencer su inclinación a la pereza”. Sin embargo, a través de ese esfuerzo se establece algo más que una paz inquieta. Al encontrar soluciones a nuestra sociabilidad antisocial se obtiene “el mérito social del hombre”. El mérito es fundamentalmente incompatible con el placer ocioso. En la ociosidad no se logra nada, y las ideas estúpidas acerca de una vida humana como es debido que no se desarrolla por medio de la competición se tachan de ingenuas. Una vez más, por tanto, Kant vincula en un punto crucial sus esperanzas de progreso humano a una denigración de la inactividad dichosa: “Sin aquellas propiedades- verdaderamente poco amables en sí- de la insociabilidad (de la que nace la resistencia que cada cual ha de encontrar necesariamente junto a sus pretensiones egoístas) todos los talentos quedarían eternamente ocultos en su germen, en medio de una arcádica vida de pastores donde reinarían la más perfecta armonía, la frugalidad y el conformismo, de suerte que los hombres serían tan bondadosos como las ovejas que  apacientan, proporcionando así a su existencia un valor no mucho mayor que el detentado por su animal doméstico y, por lo tanto, no llenaría el vacío de la creación respecto de su destino como naturaleza racional”

El ocioso, en este mundo, desciende al nivel de un animal pasivo. Los seres humanos activos, por el contrario, negocian las tendencias antagonistas tanto propias como de los demás. Y  mientras persiguen la tarea inmediata de resolver el antagonismo, en realidad acercan la humanidad más que nunca a la razón. El egoísmo no se supera nunca, peros e adapta como estimulante para la realización de la racionalidad. Este entorno competitivo, con seres humanos aun así inclinados a vivir codo a codo, proporciona gran motivación para un progreso disciplinado y determinado. Esa es la supuesta ventaja de la civilización. Sin la motivación de la competición, es probable que nos deformemos: “tal y como los árboles logran en medio del bosque un bello y recto crecimiento, precisamente porque cada uno intenta privarle al otro del aire y el sol, obligándose mutuamente a buscar ambas cosas por encima de sí, en lugar de crecer atrofiados, torcidos y encorvados como aquellos que extienden caprichosamente sus ramas en libertad y apartados de los otros”. En el caso de los seres humanos, una libertad aislante puede ser una cuestión de circunstancias o de preferencia. No obstante, como preferencia constituye una violación de nuestras obligaciones, como criaturas capaces de racionalidad, para con el desarrollo de una especie racional por completo. Esta belleza nace de la lucha. Lo que cuesta ver en ello, sin embargo, es que la misma tendencia básica hacia la lucha puede convertirse en el motor del mérito a menos que el progreso social efectúe un cambio permanente en el carácter humano. Ese cambio haría que los seres humanos perdieran sus esfuerzos competitivos. Pero Kant no parece pensar así. En su lugar nos deja con sociedades más o menos organizadas, impulsadas por las mismas energías agresivas. En este contexto, la racionalidad significa tomar posesión de nosotros mismos, desarrollar principios que nos mueven más allá del reino de la naturaleza. Esta serie de afirmaciones le proporciona a Kant un conjunto de conceptos de fondo con los que descartar la ociosidad como una preferencia legítima.

El ocioso inmeritorio

En la Fundamentación de la metafísica de las costumbres, Kant se propone demostrar por qué el “imperativo universal del deber” es atrayente para los seres humanos considerados como seres racionales. Este imperativo sostiene: “obra como si tu máxima debiera servir al mismo tiempo de ley universal”·. Esto significa, en efecto, que solo deberíamos seleccionar aquellas normas de acción que pudieran tener validez para todo el mundo. Cuanto más universalicemos el actor- es decir, cuanto más nos concentremos de manera exclusiva en las características comunes-, menos preferimos nuestras perspectivas individuales. La gente difiere en sus vinculaciones sentimentales y respuestas emocionales. El “sentimiento”, en consecuencia, no puede ser la base de una ley moral, ya que el contenido de cualquier sentimiento es una cuestión de reacción individual. Esta base reside, sin embargo, en la naturaleza de una ley que apele de manera imparcial a cada persona como agente moral, más que como a un individuo específico con intereses concretos. En opinión de Kant, nuestro núcleo común es el lado racional de nuestra humanidad.

Kant explora el caso  de un ocioso que no muestra ninguna inclinación a cultivar un talento que “podría hacer de él un hombre útil en diferentes aspectos”. Por razones que Kant no explica, ahora este hombre está dispuesto a estudiar si su ociosidad podría ser consistente con el imperativo universal del deber, un imperativo que hasta este momento no ha ejercido ninguna atracción evidente sobre él. Esto podría parecer un esfuerzo demasiado grande para alguien que ya había vivido bien y a su manera. Kant aporta dos suposiciones a este escenario de ficción. En primer lugar, imagina que el ocioso es permeable a los tipos de motivos para la acción que propone Kant: los principios universalizables que un ser autónomo puede construir y defender. Pero es más probable que el ocioso esté principalmente motivado por lo que  le proporciona satisfacción individual en cualquier situación dada. La exigencia de autonomía, de que estemos dispuestos a defender nuestras acciones con razones, resulta atractiva cuando las exigencias se les hace a individuos que tienen autoridad sobre nosotros. Pero ¿por qué querrían o deberían los individuos con ideas inofensivas acerca de cómo vivirán estar obligados a razonar con nadie? La segunda suposición es que el ocioso encuentra algo interesante en la pregunta de en qué tipo de persona se convertiría. El negocio del mérito comienza a entrar en escena. Kant cree que, en última instancia, el ocioso no podría defender su existencia sin rumbo. Como ser racional, comprendería que su abandono de sí mismo era insostenible. Sabemos, por el ensayo “Ideas para una historia universal”, en qué consiste esa insostenibilidad: nuestra naturaleza humana racional nos lleva a inventarnos retos para nosotros mismos, y la correcta negociación de esos retos produce una persona meritoria, si no una comunidad.

En la Crítica de la razón práctica, Kant intenta explicar que estamos motivados para alcanzar el mérito a pesar de las diversas formas en que se opone a nuestras tendencias hacia la ociosidad y el placer en general. Arguye que la razón, más que el deseo, nos proporciona la posibilidad del tipo de libertad que importa. En respuesta a la pregunta de cómo podría recomendarse una trayectoria tan desalentadora a las criaturas ociosas- cuya libertad no es una cuestión de autodisciplina bajo principios que son válidos para todos-, Kant también afirma que, en cierto sentido, la molestia que conlleva actuar bajo las leyes que controlan nuestros deseos se ve compensada por un beneficio cognitivo en nuestra apreciación de nosotros mismos. Expresa la idea como sigue: “como sumisión a una ley, es decir, a una orden (que indica coacción para el sujeto sensiblemente afectado), no encierra placer alguno, sino más bien en esa medida dolor en la acción en sí. Pero, por el contrario, como esa coacción está ejercitada solo por la legislación de la propia razón, encierra también elevación”. Este sentido de la elevación carente de emociones puede comportar hacer “lo que no se hace enteramente con gusto”· Esta reticencia, parece conceder Kant, es una característica necesaria del ejercicio de esa libertad que nos garantiza una sensación de “mayor dignidad interior”.

Kant acepta de buen grado que es posible imaginar un mundo en el que la mayor parte de la gente llevaría una vida ociosa. Según el autor, esto es evidente en los lugares exóticos: “el hombre (como hacen los habitantes de los mares del Sur) deje que se enmohezcan sus talentos y entregue su vida a la ociosidad, el regocijo y la reproducción; en una palabra, al disfrute”. Por alguna razón, los habitantes de los mares del Sur, puede que entre otros, no están sometidos a ese proceso impulsor de la naturaleza que, como hemos visto que afirma Kant, no permite que el “hombre viva con agrado”. De hecho, también hemos visto que Kant considera una farsa que el potencial humano se desaproveche a favor de la ociosidad arcádica. Más bien, “nosotros estamos hechos de tal manera que nuestra única satisfacción verdadera se obtiene de potenciar nuestras circunstancias mediante el esfuerzo. La ociosidad de las culturas foráneas no puede ofrecernos ningún conocimiento respecto a cómo podríamos vivir: sus  prácticas, al parecer, carecen de relevancia para nosotros. Nosotros somos seres más profundamente susceptibles a las exigencias que la razón hace sobre las decisiones que tomamos en cuanto a nuestra vida. Kant cree que un ser racional nunca desearía que la ociosidad se convirtiera en una “ley universal”. Por descontado, un ser racional consideraría esa posibilidad, pero al final esa persona vería que la ociosidad no podría transformarse en una ley para todos los seres racionales, ya que esa forma de vida es una cuestión de disposición personal, una preferencia de un tipo concreto de persona. Las pruebas de la feliz existencia de los habitantes del mar del Sur no ejercerían ninguna influencia a favor de tal ley. Kant también sostiene que un ser racional, al cual parece concebir como una persona capaz desde el punto de vista filosófico, no desearía ver la ociosidad como una regla “que se halla impresa en nosotros por algún instinto natural”. Así las cosas, los seres racionales ya no perseguirían ningún método de convertirse en merecedores de su humanidad: cesarían de ser efectivamente seres racionales como tales. Kant cree que cada persona posee una variedad de talentos que pueden adaptarse para sacar el máximo partido al mundo circundante. Esas facultades “les han sido dadas y le sirven para todo género de propósitos posibles”. Desear que los seres humanos se vuelvan ociosos por naturaleza es promover las circunstancias en que esos talentos tendrían pocas posibilidades de desarrollo.

Aunque la línea kantiana de oposición al ocioso parece encajar a la perfección con su idea del progreso humano a través del esfuerzo sin descanso, hay una segunda consideración algo distinta implícita en el argumento de la Fundamentación. La afirmación de “Idea para una historia universal” es que los nuevos talentos surgen cuando los seres humanos responden a una necesidad interior de obtener una gratificación tanto mediante la construcción del mundo que los rodea como mediante el abrirse paso a través del antagonismo mutuo. La Fundamentación, sin embargo, proyecta al ocioso en un contexto distinto. El ocioso tiene el potencial de contribuir al mundo en que se encuentra: es, a fin de cuentas, “un ser humano útil para todo tipo de propósito”, No obstante, si se debe persuadir al ocioso de que debería cambiar su forma de vida, tendrá que entender qué es  ser útil. ¿Lo conminará el argumento de que el progreso humano requiere de sus servicios? Difícilmente podría ser ese el argumento de Kant. La influencia debe proceder, más bien, de que el ocioso se convenza de que puede experimentar ese especial sentimiento de mérito si se vuelve útil dentro de la sociedad que lo rodea. Lo que debe contar como útil no está siempre comprendido, si es que alguna vez lo está, dentro del poder de un solo individuo. Nos convertimos en útiles de acuerdo con las necesidades de cualquiera que sea la comunidad en que nos encontremos. Esto da pie, sin embargo, a la pregunta de si Kant ha decidido elevar las prácticas de la sociedad convencional al estatus de lo que es racional, ya que él entiende que hacerse útil es una señal del ejercicio de la racionalidad. Si ese es el caso, entonces queda expuesta una de las motivaciones tras la crítica a la ociosidad. El ocioso se opone a lo que algunos han llamado la “segunda naturaleza” de las prácticas sociales. No le afecta el indicador convencional de lo que lo convertirá en un mejor tipo de persona. Kant establece un vínculo destacable entre ese indicador y la racionalidad.

De una forma u otra, el ocioso es sin duda indigno de sí mismo. Reniega de sus capacidades útiles, pero no de aquellas que le producen placer, y eso es un desafío irracional a lo que esa persona debería ser. Kant nunca llega a sugerir que el ocioso sea un peligro para sí mismo. No nos ofrece un retrato de la degeneración mental, moral o física que resulta de la ociosidad. Su énfasis en la irracionalidad inherente de la ociosidad lo sitúa muy lejos de la idea de que la ociosidad debe vitarse debido a las consecuencias. Por un momento Kan nos cautiva con la visión de los satisfechos habitantes de los mares del Sur. Pero nos aparta de ellos al recordarnos nuestras obligaciones para con nosotros mismos. El hecho de que ese recordatorio nos afecte o no depende de lo profundamente que hayamos llegado a aceptar la idea de hacernos merecedores. Esa es la única idea que le sirve a Kant de baluarte contra la ociosidad. No se trata, en ningún caso, de una excentricidad de la peculiar cosmovisión de Kant. En una honda justificación teórica de una idea que ahora se ha convertido en un lugar común: que la vida que merece la pena ser vivida es la marcada por el esfuerzo y el logro. A Kant le gustaría pensar que el “mérito” no es un valor efímero. La búsqueda del mérito está grabada en nosotros por naturaleza, Lo que ensombrece esta afirmación, no obstante, es que Kant asocie el mérito con la utilidad, cuando pensamos en la utilidad como una propiedad cuya inteligibilidad práctica depende de necesidades históricas contingentes.

(Brian O´Connor. Elogio de la ociosidad. Un ensayo filosófico sobre el valor de no hacer nada.  Ediciones Koan. Barcelona. 2021)